
Para Eloisa….
Hace algún tiempo, en uno de esos días lluviosos, me encontraba en un estado flotante o más bien diría embriagante, cuando repentinamente, sentí el impulso de arrojarme hacia la ruta ligera del viento, como una hoja suicida que colgando colorida de una rama desea convertir sus días en sepias, al desprenderse deliberadamente y volar a un ritmo decadente. Hacia la nada. Sin duda alguna decidí flotar por las calles, hasta que el viento me depositó en un café al que solía frecuentar con anterioridad, más desconozco la causa del desligamiento con este pasaje de aromas, la cuál no tiene mayor relevancia. Finalmente me decidí a entrar al café, estaba aglomerado, no recuerdo que tuviera tanta fama en aquellos días, y traté de agarrar el lugar más despejado del local. De pronto me encontraba frente a frente con Eloisa en la terraza de un patio interior, dónde los únicos testigos de nuestro circunstancial encuentro eran el cielo y el azulejo verdoso de una pared. Eloisa tenía 21 años, era un violín muy peculiar, no como los demás, que suelen caminar muy campantes por la ciudad, con las maderas más baratas del mercado o incluso las más caras, pero sin chiste alguno, literal. Eloisa era de formas sinuosas, pero delicadas, su piel de cedro con tintes rojizos y sepias me hacían pensar que era un tanto nostálgica, un tanto bohemia, el desgarre y despinte de su esmalte denotaban su edad, pues 21 años se dicen fácil, pero los años siempre vienen acompañados de marcas. Su cabello lleno de irregularidades se retorcía hasta quedar comprimido en una voluta, siendo ésta, el remate del extremo superior de su cuerpo, lo que más recuerdo de su rostro, eran dos cosas; su sonrisa de cuerdas abiertas casi como una carcajada y sus ojos en forma de “efe”, espejeados, equidistantes y profundos, fabricados con el fin de vibrar emociones espontáneas e intensas. Platicando con Eloisa me sentía bien, podía ser yo misma y todo fluía con naturalidad, aunque he de confesar que mientras platicábamos iba experimentando una serie de sensaciones bastante extrañas, primero sentía una fragilidad provocada por una tensión cómo si de repente fuera a salir un ojo disparado de mi cara, sentía que me estiraba poco a poco, pero a la vez otra parte de mi cuerpo se endurecía y aunque siempre he sido de formas desapercibidas sentía que en mi se marcaban unas curvas muy definidas, también noté que mi piel se oscurecía, lo peor fue cuándo sentí una especie de atornillamiento en mi cabeza, sentí que giraba y giraba, pero extrañamente después de eso, estaba muy bien, era una persona nueva, alguien que había vuelto a nacer. Ese día charlamos hasta tarde, hablábamos de Grapelli y Renhardt, de Paganini y Rachmaninoff, de Joplin y Dylan, y de vez en cuando se asomaban los Moldy Peaches, luego pasamos a temas de mayor interés como el kilometraje de vida de un caracol y la capacidad de un feto para eructar. Reímos y reímos sin parar, las carcajadas de Eloisa sonaban a un jazz melódico, lo que me hizo recordar el chiste tan desgastado que irónicamente reservo para la mejor ocasión: “Elo, Eloisa, Elotes recuerda que él que tiene más cuerdas, ríe mejor, y yo tengo seis”.
Paulina.
Hace algún tiempo, en uno de esos días lluviosos, me encontraba en un estado flotante o más bien diría embriagante, cuando repentinamente, sentí el impulso de arrojarme hacia la ruta ligera del viento, como una hoja suicida que colgando colorida de una rama desea convertir sus días en sepias, al desprenderse deliberadamente y volar a un ritmo decadente. Hacia la nada. Sin duda alguna decidí flotar por las calles, hasta que el viento me depositó en un café al que solía frecuentar con anterioridad, más desconozco la causa del desligamiento con este pasaje de aromas, la cuál no tiene mayor relevancia. Finalmente me decidí a entrar al café, estaba aglomerado, no recuerdo que tuviera tanta fama en aquellos días, y traté de agarrar el lugar más despejado del local. De pronto me encontraba frente a frente con Eloisa en la terraza de un patio interior, dónde los únicos testigos de nuestro circunstancial encuentro eran el cielo y el azulejo verdoso de una pared. Eloisa tenía 21 años, era un violín muy peculiar, no como los demás, que suelen caminar muy campantes por la ciudad, con las maderas más baratas del mercado o incluso las más caras, pero sin chiste alguno, literal. Eloisa era de formas sinuosas, pero delicadas, su piel de cedro con tintes rojizos y sepias me hacían pensar que era un tanto nostálgica, un tanto bohemia, el desgarre y despinte de su esmalte denotaban su edad, pues 21 años se dicen fácil, pero los años siempre vienen acompañados de marcas. Su cabello lleno de irregularidades se retorcía hasta quedar comprimido en una voluta, siendo ésta, el remate del extremo superior de su cuerpo, lo que más recuerdo de su rostro, eran dos cosas; su sonrisa de cuerdas abiertas casi como una carcajada y sus ojos en forma de “efe”, espejeados, equidistantes y profundos, fabricados con el fin de vibrar emociones espontáneas e intensas. Platicando con Eloisa me sentía bien, podía ser yo misma y todo fluía con naturalidad, aunque he de confesar que mientras platicábamos iba experimentando una serie de sensaciones bastante extrañas, primero sentía una fragilidad provocada por una tensión cómo si de repente fuera a salir un ojo disparado de mi cara, sentía que me estiraba poco a poco, pero a la vez otra parte de mi cuerpo se endurecía y aunque siempre he sido de formas desapercibidas sentía que en mi se marcaban unas curvas muy definidas, también noté que mi piel se oscurecía, lo peor fue cuándo sentí una especie de atornillamiento en mi cabeza, sentí que giraba y giraba, pero extrañamente después de eso, estaba muy bien, era una persona nueva, alguien que había vuelto a nacer. Ese día charlamos hasta tarde, hablábamos de Grapelli y Renhardt, de Paganini y Rachmaninoff, de Joplin y Dylan, y de vez en cuando se asomaban los Moldy Peaches, luego pasamos a temas de mayor interés como el kilometraje de vida de un caracol y la capacidad de un feto para eructar. Reímos y reímos sin parar, las carcajadas de Eloisa sonaban a un jazz melódico, lo que me hizo recordar el chiste tan desgastado que irónicamente reservo para la mejor ocasión: “Elo, Eloisa, Elotes recuerda que él que tiene más cuerdas, ríe mejor, y yo tengo seis”.
Paulina.
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