
Para Eloisa….
El día era claro y lluvioso; sin previo aviso una especie de embriaguez se había instalado en mí como un huésped inoportuno. De pronto fue el repentino impulso de arrojarme, de desprenderme y volar a un ritmo decadente sobre la ruta ligera del viento, tal como esas hojas suicidas que cuelgan de las ramas, deseando otra vida, otro mundo en color sepia.
Así, decidí flotar por las calles y las horas, dejarme llevar por el viento hasta aquel viejo café. Ahora que lo cuento todo es un pasaje de aromas lo que acude a mí recuerdo, como si el perfume de ese día hubiera logrado seguirme hasta aquí, desligándose de todo. El olor a café de grano y chocolate mezclándose con la humedad que despide el aire cuando la lluvia está próxima. Primero el olfato, después la memoria. Aquel día el lugar estaba apretado de gente; yo logré tomar el único lugar aislado que quedaba, justo en el centro de la terraza de un patio interior. Ahí estaba Eloísa. Los únicos testigos de nuestro encuentro fueron aquel cielo blanco, húmedo, y un azulejo verdoso en la pared.
Eloisa tenía 21 años y era un violín peculiar. No lo digo por la calidad de la madera, la cual, sin embargo, era perfecta, sino por el sonido que uno podía arrancarle, la forma en que cada vibración parecía atravesarnos. Era de formas sinuosas pero delicadas: nostálgicas. Su piel de cedro con tintes rojizos y sepias me hacían pensar en otoños próximos, en la nostalgia de un futuro que aún no conocíamos. El desgaste de su esmalte un tanto desgarrado revelaba su edad; pues 21 años se dicen fácil, claro, pero los años vienen siempre acompañados de las marcas irrevocables del tiempo. Su cabello se retorcía en irregularidades para, al final, quedar comprimido en una voluta, curioso detalle que terminaba por singularizarla como un ser aparte de todos, distinto. Sin embargo, ahora que la evoco en la soledad de esta noche de calor e insomnio, lo que más recuerdo de ella es su sonrisa, esa sonrisa de cuerdas abiertas insinuando una carcajada en tonos menores; y sus ojos en forma de efe, espejeados, equidistantes y profundos, como queriendo también reírse y sonar, vibrar nuestras emociones nota por nota.
Platicando con ella me sentía bien, podía ser yo misma y todo fluía con naturalidad; sin embargo, una serie de sensaciones bastante extrañas me acosaban sin darme tregua. Primero la fragilidad, la absurda tensión de sentir que un ojo saldría disparado de mi cara de un momento a otro. Después la sensación apenas sugerida de una elasticidad que empezaba en el centro de mi cuerpo y se extendía más allá de mis contornos; podía sentir cómo mi piel se estiraba, mientras por dentro mi cuerpo se endurecía. Siempre he sido de formas discretas, mas cuando estaba con ella, siempre disimulando esa avalancha de alucinaciones, podía sentir las curvas de mi cuerpo marcarse voluptuosas y profundas. Mi piel oscurecía notablemente. Pero lo más aterrador y fascinante, fue sentir mi cabeza girando en el eje mismo de cada pensamiento, como un tornillo. Curiosamente cuando este torrente de sensaciones peregrinas amainaba, yo solía sentirme nueva y fresca, como una recién nacida.
Aquel día de llovizna tibia charlamos hasta tarde. Hablamos de Grapelli y Renhardt, de Paganini y Rachmaninoff, de Joplin y Dylan, de los Moldy Peaches; de alturas y colores, de anatomía y fosforescencias. Hablamos del kilometraje en la vida de un caracol, de la capacidad de un feto para eructar. Reímos y sin parar seguimos riendo. Yo ahora recuerdo de nuevo su risa, esa carcajada tan llena de síncopas, esa melodía de free jazz, estridente y hermosa. Recuerdo también aquel mal chiste que, no obstante, desde entonces reservo siempre sólo para ocasiones especiales:
“Elo, Eloisa, Elotes recuerda que él que tiene más cuerdas ríe mejor; y yo tengo seis”.
Corrector de Style: Carlos.
El día era claro y lluvioso; sin previo aviso una especie de embriaguez se había instalado en mí como un huésped inoportuno. De pronto fue el repentino impulso de arrojarme, de desprenderme y volar a un ritmo decadente sobre la ruta ligera del viento, tal como esas hojas suicidas que cuelgan de las ramas, deseando otra vida, otro mundo en color sepia.
Así, decidí flotar por las calles y las horas, dejarme llevar por el viento hasta aquel viejo café. Ahora que lo cuento todo es un pasaje de aromas lo que acude a mí recuerdo, como si el perfume de ese día hubiera logrado seguirme hasta aquí, desligándose de todo. El olor a café de grano y chocolate mezclándose con la humedad que despide el aire cuando la lluvia está próxima. Primero el olfato, después la memoria. Aquel día el lugar estaba apretado de gente; yo logré tomar el único lugar aislado que quedaba, justo en el centro de la terraza de un patio interior. Ahí estaba Eloísa. Los únicos testigos de nuestro encuentro fueron aquel cielo blanco, húmedo, y un azulejo verdoso en la pared.
Eloisa tenía 21 años y era un violín peculiar. No lo digo por la calidad de la madera, la cual, sin embargo, era perfecta, sino por el sonido que uno podía arrancarle, la forma en que cada vibración parecía atravesarnos. Era de formas sinuosas pero delicadas: nostálgicas. Su piel de cedro con tintes rojizos y sepias me hacían pensar en otoños próximos, en la nostalgia de un futuro que aún no conocíamos. El desgaste de su esmalte un tanto desgarrado revelaba su edad; pues 21 años se dicen fácil, claro, pero los años vienen siempre acompañados de las marcas irrevocables del tiempo. Su cabello se retorcía en irregularidades para, al final, quedar comprimido en una voluta, curioso detalle que terminaba por singularizarla como un ser aparte de todos, distinto. Sin embargo, ahora que la evoco en la soledad de esta noche de calor e insomnio, lo que más recuerdo de ella es su sonrisa, esa sonrisa de cuerdas abiertas insinuando una carcajada en tonos menores; y sus ojos en forma de efe, espejeados, equidistantes y profundos, como queriendo también reírse y sonar, vibrar nuestras emociones nota por nota.
Platicando con ella me sentía bien, podía ser yo misma y todo fluía con naturalidad; sin embargo, una serie de sensaciones bastante extrañas me acosaban sin darme tregua. Primero la fragilidad, la absurda tensión de sentir que un ojo saldría disparado de mi cara de un momento a otro. Después la sensación apenas sugerida de una elasticidad que empezaba en el centro de mi cuerpo y se extendía más allá de mis contornos; podía sentir cómo mi piel se estiraba, mientras por dentro mi cuerpo se endurecía. Siempre he sido de formas discretas, mas cuando estaba con ella, siempre disimulando esa avalancha de alucinaciones, podía sentir las curvas de mi cuerpo marcarse voluptuosas y profundas. Mi piel oscurecía notablemente. Pero lo más aterrador y fascinante, fue sentir mi cabeza girando en el eje mismo de cada pensamiento, como un tornillo. Curiosamente cuando este torrente de sensaciones peregrinas amainaba, yo solía sentirme nueva y fresca, como una recién nacida.
Aquel día de llovizna tibia charlamos hasta tarde. Hablamos de Grapelli y Renhardt, de Paganini y Rachmaninoff, de Joplin y Dylan, de los Moldy Peaches; de alturas y colores, de anatomía y fosforescencias. Hablamos del kilometraje en la vida de un caracol, de la capacidad de un feto para eructar. Reímos y sin parar seguimos riendo. Yo ahora recuerdo de nuevo su risa, esa carcajada tan llena de síncopas, esa melodía de free jazz, estridente y hermosa. Recuerdo también aquel mal chiste que, no obstante, desde entonces reservo siempre sólo para ocasiones especiales:
“Elo, Eloisa, Elotes recuerda que él que tiene más cuerdas ríe mejor; y yo tengo seis”.
Corrector de Style: Carlos.
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