
Tic tac, tic tac... y ahí se encontraba Lorena, enviciada en el zumbido exorcisante del silencio. Ella pintaba. En aquel instante estaba frente a lo que sería su obra maestra, su mejor obra. Ella lo sabía, pero lo negaría en cierta circunstancia.
Beatríz, era de ojos marrones y labios gruesos, hasta cierto punto eran grotescos. Diseñados para decir la cosa más grotesca: una que otra verdad. Cuando Lorena hubo trazado esos razgos montañosos, no imaginó lo que arrojarían.
Mientrás unas manchas daban forma al cabello crespo y la nariz respingada, Beatríz le contaba cuanto habían subido de precio los tomates en el mercado, cuanto sudaba ultimamente en el transporte público y lo mucho que aborrecia a su marido en la cama. Beatríz y Lorena platicaban a diario, cada una depositaba su alma en la otra, a su manera, hasta que llego el día de la subasta. Beatríz dijo que el arte muere cuando se le pone precio. Lorena tuvo que borrar sus labios. VENDIDA!
Beatríz, era de ojos marrones y labios gruesos, hasta cierto punto eran grotescos. Diseñados para decir la cosa más grotesca: una que otra verdad. Cuando Lorena hubo trazado esos razgos montañosos, no imaginó lo que arrojarían.
Mientrás unas manchas daban forma al cabello crespo y la nariz respingada, Beatríz le contaba cuanto habían subido de precio los tomates en el mercado, cuanto sudaba ultimamente en el transporte público y lo mucho que aborrecia a su marido en la cama. Beatríz y Lorena platicaban a diario, cada una depositaba su alma en la otra, a su manera, hasta que llego el día de la subasta. Beatríz dijo que el arte muere cuando se le pone precio. Lorena tuvo que borrar sus labios. VENDIDA!
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