jeudi 23 juillet 2009

Para Eloisa (2)


Para Eloisa….

El día era claro y lluvioso; sin previo aviso una especie de embriaguez se había instalado en mí como un huésped inoportuno. De pronto fue el repentino impulso de arrojarme, de desprenderme y volar a un ritmo decadente sobre la ruta ligera del viento, tal como esas hojas suicidas que cuelgan de las ramas, deseando otra vida, otro mundo en color sepia.
Así, decidí flotar por las calles y las horas, dejarme llevar por el viento hasta aquel viejo café. Ahora que lo cuento todo es un pasaje de aromas lo que acude a mí recuerdo, como si el perfume de ese día hubiera logrado seguirme hasta aquí, desligándose de todo. El olor a café de grano y chocolate mezclándose con la humedad que despide el aire cuando la lluvia está próxima. Primero el olfato, después la memoria. Aquel día el lugar estaba apretado de gente; yo logré tomar el único lugar aislado que quedaba, justo en el centro de la terraza de un patio interior. Ahí estaba Eloísa. Los únicos testigos de nuestro encuentro fueron aquel cielo blanco, húmedo, y un azulejo verdoso en la pared.
Eloisa tenía 21 años y era un violín peculiar. No lo digo por la calidad de la madera, la cual, sin embargo, era perfecta, sino por el sonido que uno podía arrancarle, la forma en que cada vibración parecía atravesarnos. Era de formas sinuosas pero delicadas: nostálgicas. Su piel de cedro con tintes rojizos y sepias me hacían pensar en otoños próximos, en la nostalgia de un futuro que aún no conocíamos. El desgaste de su esmalte un tanto desgarrado revelaba su edad; pues 21 años se dicen fácil, claro, pero los años vienen siempre acompañados de las marcas irrevocables del tiempo. Su cabello se retorcía en irregularidades para, al final, quedar comprimido en una voluta, curioso detalle que terminaba por singularizarla como un ser aparte de todos, distinto. Sin embargo, ahora que la evoco en la soledad de esta noche de calor e insomnio, lo que más recuerdo de ella es su sonrisa, esa sonrisa de cuerdas abiertas insinuando una carcajada en tonos menores; y sus ojos en forma de efe, espejeados, equidistantes y profundos, como queriendo también reírse y sonar, vibrar nuestras emociones nota por nota.
Platicando con ella me sentía bien, podía ser yo misma y todo fluía con naturalidad; sin embargo, una serie de sensaciones bastante extrañas me acosaban sin darme tregua. Primero la fragilidad, la absurda tensión de sentir que un ojo saldría disparado de mi cara de un momento a otro. Después la sensación apenas sugerida de una elasticidad que empezaba en el centro de mi cuerpo y se extendía más allá de mis contornos; podía sentir cómo mi piel se estiraba, mientras por dentro mi cuerpo se endurecía. Siempre he sido de formas discretas, mas cuando estaba con ella, siempre disimulando esa avalancha de alucinaciones, podía sentir las curvas de mi cuerpo marcarse voluptuosas y profundas. Mi piel oscurecía notablemente. Pero lo más aterrador y fascinante, fue sentir mi cabeza girando en el eje mismo de cada pensamiento, como un tornillo. Curiosamente cuando este torrente de sensaciones peregrinas amainaba, yo solía sentirme nueva y fresca, como una recién nacida.
Aquel día de llovizna tibia charlamos hasta tarde. Hablamos de Grapelli y Renhardt, de Paganini y Rachmaninoff, de Joplin y Dylan, de los Moldy Peaches; de alturas y colores, de anatomía y fosforescencias. Hablamos del kilometraje en la vida de un caracol, de la capacidad de un feto para eructar. Reímos y sin parar seguimos riendo. Yo ahora recuerdo de nuevo su risa, esa carcajada tan llena de síncopas, esa melodía de free jazz, estridente y hermosa. Recuerdo también aquel mal chiste que, no obstante, desde entonces reservo siempre sólo para ocasiones especiales:
“Elo, Eloisa, Elotes recuerda que él que tiene más cuerdas ríe mejor; y yo tengo seis”.

Corrector de Style: Carlos.

Para Eloisa


Para Eloisa….
Hace algún tiempo, en uno de esos días lluviosos, me encontraba en un estado flotante o más bien diría embriagante, cuando repentinamente, sentí el impulso de arrojarme hacia la ruta ligera del viento, como una hoja suicida que colgando colorida de una rama desea convertir sus días en sepias, al desprenderse deliberadamente y volar a un ritmo decadente. Hacia la nada. Sin duda alguna decidí flotar por las calles, hasta que el viento me depositó en un café al que solía frecuentar con anterioridad, más desconozco la causa del desligamiento con este pasaje de aromas, la cuál no tiene mayor relevancia. Finalmente me decidí a entrar al café, estaba aglomerado, no recuerdo que tuviera tanta fama en aquellos días, y traté de agarrar el lugar más despejado del local. De pronto me encontraba frente a frente con Eloisa en la terraza de un patio interior, dónde los únicos testigos de nuestro circunstancial encuentro eran el cielo y el azulejo verdoso de una pared. Eloisa tenía 21 años, era un violín muy peculiar, no como los demás, que suelen caminar muy campantes por la ciudad, con las maderas más baratas del mercado o incluso las más caras, pero sin chiste alguno, literal. Eloisa era de formas sinuosas, pero delicadas, su piel de cedro con tintes rojizos y sepias me hacían pensar que era un tanto nostálgica, un tanto bohemia, el desgarre y despinte de su esmalte denotaban su edad, pues 21 años se dicen fácil, pero los años siempre vienen acompañados de marcas. Su cabello lleno de irregularidades se retorcía hasta quedar comprimido en una voluta, siendo ésta, el remate del extremo superior de su cuerpo, lo que más recuerdo de su rostro, eran dos cosas; su sonrisa de cuerdas abiertas casi como una carcajada y sus ojos en forma de “efe”, espejeados, equidistantes y profundos, fabricados con el fin de vibrar emociones espontáneas e intensas. Platicando con Eloisa me sentía bien, podía ser yo misma y todo fluía con naturalidad, aunque he de confesar que mientras platicábamos iba experimentando una serie de sensaciones bastante extrañas, primero sentía una fragilidad provocada por una tensión cómo si de repente fuera a salir un ojo disparado de mi cara, sentía que me estiraba poco a poco, pero a la vez otra parte de mi cuerpo se endurecía y aunque siempre he sido de formas desapercibidas sentía que en mi se marcaban unas curvas muy definidas, también noté que mi piel se oscurecía, lo peor fue cuándo sentí una especie de atornillamiento en mi cabeza, sentí que giraba y giraba, pero extrañamente después de eso, estaba muy bien, era una persona nueva, alguien que había vuelto a nacer. Ese día charlamos hasta tarde, hablábamos de Grapelli y Renhardt, de Paganini y Rachmaninoff, de Joplin y Dylan, y de vez en cuando se asomaban los Moldy Peaches, luego pasamos a temas de mayor interés como el kilometraje de vida de un caracol y la capacidad de un feto para eructar. Reímos y reímos sin parar, las carcajadas de Eloisa sonaban a un jazz melódico, lo que me hizo recordar el chiste tan desgastado que irónicamente reservo para la mejor ocasión: “Elo, Eloisa, Elotes recuerda que él que tiene más cuerdas, ríe mejor, y yo tengo seis”.
Paulina.

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